SOBRE EL AUTOR

Diego Méndez
Diego Méndez es estudiante de Periodismo, UNIACC. Pasante de Radio UNIACC.
¿De dónde proviene el éxito? Benjamín Labatut pareció salir de ninguna parte: un meteorito en forma de libro cayó sobre las cabezas de la gente: “Un verdor terrible”. En el periodo 2020-2021, era una especie de ley no escrita ver a diversos individuos con un tomo delgado, de color hueso, con una foto de una explosión verdosa entre las manos. Lo curioso es que el libro en cuestión era extraño: una amalgama de diversos estilos literarios yuxtapuestos en poco más de doscientas páginas, que estaban unidos por un concepto poco popular en la literatura “comercial”: la ciencia.
Labatut fue alabado y criticado casi a partes iguales: la originalidad de sus tramas era innegable; si lo había escrito él o si se había apoyado en la inteligencia artificial fueron parte de las dudas alrededor del libro. A pesar de todo, el mundo literario reconoció que Labatut era una voz a la que ponerle atención.
Con la salida de “MANIAC”, esto no hizo más que expandirse. Las ediciones de ambos libros se agotaban a una velocidad de ensueño para un autor. Las alabanzas y las críticas iban por el mismo camino. En entrevistas, el hombre parecía poseído por una fuerza extraña, que él mismo adjudicaba a la literatura. No fueron pocos los que vieron a un pseudo-sucesor de Roberto Bolaño en la estela cuasi mística de Benjamín Labatut.

No es la primera vez que analizamos un libro del autor en este espacio; ya han caído reseñas de los libros mencionados. Ahora tenemos la oportunidad de volver al origen, al epicentro (hasta ahora) poco discutido del éxito: “La Antártica empieza aquí”.
Este tomo es aún más conciso que “Un verdor terrible”. Esto se debe a que es una recopilación de seis cuentos, cuyo título se debe al primero de ellos.
- “La Antártica empieza aquí”
La obertura es un rejunte de lo bolañesco y lo borgiano: un periodista–transeúnte de Labatut–es seducido por el poeta Karol Vasek, candidato al Premio Nacional de Literatura. El protagonista, harto de su trabajo, cae en las redes del misterio de Vasek, y se encamina en un sendero lleno de misterios y, como veremos más adelante, horror.
Hay un fragmento que destacar de este libro y del discurso “labatuniano”: el agujero negro de la literatura. El autor siempre habla de cómo se intenta acercar a este éxtasis en la elaboración de sus historias; el protagonista tiene este mismo deseo y–para su fortuna o desgracia–lo encuentra. El problema es que no sabe qué hacer en ese momento.
Este es el cuento más largo de la antología. Ocupando casi un cuarto de la extensión del libro, parece el eje central del proyecto.
- “La cura de Ana”
El primer cuento está escrito de una forma bastante “estándar”. “La cura de Ana” es un poco más peculiar.
Fragmentado en bloques de no más de quince líneas, se nos cuenta la historia de Ana, una mujer que padece de una enfermedad de la piel desde temprana edad. Esta historia recuerda a “La langosta” (2015) y a “La Montaña mágica” (1924), principalmente por el escenario, el ambiente ominoso y asfixiante y, sobre todo, por su final demoledor.
Aquí se nos habla de la percepción de la enfermedad, del yo y sobre lo que se entiende del amor. Logra que el lector se cuestione qué ha entendido sobre estos temas a lo largo de su vida y se plantee inquietudes al respecto. Es un cuento seco en forma, pero profundamente conmovedor en fondo.
- “Países Bajos”
El tercer cuento de esta recopilación nos presenta a Constantino Cooper, un futbolista venido a menos que termina incursionando en el submundo de la prostitución. Es, de entrada, la trama más sórdida de “La Antártica empieza aquí”.
Atormentado por sus traumas de la niñez y de su ex carrera futbolística, seguimos a Constantino en sus deambulaciones por el territorio que le da nombre al cuento. Labatut despliega ante el lector una radiografía profundamente lúgubre de su país natal, para terminar asestando un golpe de realidad, dejando patente que los humanos no somos mucho mejores a comparación de lo que comemos, por más que nos esforcemos en creer lo contrario.
- “Club de Campo”
El cuarto relato es, quizá, mi menos favorito. Sin llegar a ser malo (el autor tiene ese calibre de “pluma”), me sentí desconectado de la trama.
Aquí se aborda la vida de tres personajes, que se unen y se dispersan a lo largo de sus páginas. Se toca el tema del trauma: infantil, maternal y amoroso; si bien, son interesantes, sentí a los personajes y a la trama un poco caricaturescos.
A pesar de todo, es un cuento más que disfrutable, y entendería si para alguien es una maravilla. Quizá los temas que toca son demasiado sensibles para mí.
- “Deseo”
Este es, sin duda, mi parte favorita del libro. Labatut despliega una cantidad enorme de técnicas narrativas para narrar la historia de “Deseo”: una mujer transformista que se convierte en elemento cultural e histórico de las calles de Santiago. Pero esto es solo la punta del iceberg.
La gracia del penúltimo relato es el contexto en que narra esta historia: dos escritores (uno chileno y el otro argentino) llegan, por casualidad, a escribir la historia de Deseo. Sea por decepciones amorosas y/o filiales, cada uno le da su identidad a esta mujer.
El autor hace especial hincapié en el hecho de la diferencia en que ambos narran las historias: mientras uno usa un lenguaje seco, directo, casi parco (al estilo de Raymond Carver o Charles Bukowski), el otro sobrecarga sus palabras de una belleza y pretenciosidad insoportables según el narrador.
Como en el cuento anterior, las vidas de ambos personajes se cruzan por casualidad. Lo cual no trae nada bueno.
- “Alfredo en cama”
Benjamín Labatut cierra su ópera prima con todo: un flujo de conciencia. Un anciano postrado en una cama de algún lugar de Valparaíso nos relata su vida.
Flautista, clarinetista, saxofonista. Niño, hombre, anciano. Soltero, enamorado, solo.
Se nos cuentan detalles de su vida de una forma febril y, de algún modo un tanto tétrico, preciosa. Acompañamos a Alfredo en cada una de sus divagaciones, en sus cuestionamientos, en su afán de descubrir en qué momento su vida se torció y si podría haberlo solucionado de alguna manera.
Labatut retrata un escenario especial: el auge de las agrupaciones de jazz en la década del cincuenta. El éxito que llevó a Alfredo a tocar en Rusia… y el fracaso que lo hizo recluirse a tal punto de que no sabe si perdió los casetes que contenían su música o si se los robaron.
Sin embargo, al final recibimos un guantazo en el estómago al revelarse que, aparentemente, los seis cuentos que leímos están conectados.
En síntesis: es la opinión popular que la primera obra de un autor no es la mejor, muchas veces siendo tachada de forma despectiva como “iniciática”.
“La Antártica empieza aquí” no es mejor que “Un verdor terrible” o “MANIAC”. Pero eso no es malo. Labatut mostró desde temprano una capacidad deslumbrante para usar el lenguaje como recurso para hacerle preguntas al lector, para seducirlo, para engancharlo y para horrorizarlo.
El Benjamín Labatut que descolocó al mundo en marzo de 2020 existía desde hace mucho tiempo. No fue Inteligencia Artificial. No fue casualidad: antes del meteorito verde, ya habían seis icebergs acechando al panorama literario silenciosamente. Hasta ahora.
