SOBRE EL AUTOR

Camila Ray Nuñez
Camila Nuñez, estudiante de Periodismo, UNIACC. Practicante de Radio UNIACC.
La puesta en escena de la obra La casa de Bernarda Alba, dirigida por Rodrigo Pérez para el Teatro Nacional Chileno, confirma la idea de que los clásicos, más allá de resistir al paso del tiempo, siguen interpelando al presente haciendo eco de los conflictos que aún son parte de nuestra sociedad.

Desde el primer momento, la puesta en escena de Pérez instala al espectador en un espacio marcado por el encierro. Sobrio y cerrado, el diseño parece atrapar el aire dentro de las cuatro paredes, convirtiendo el escenario en una atmósfera densa que materializa físicamente la opresión y la falta de libertad de las protagonistas
En ese ambiente contenido, la angustia y el control que dominan la casa se revela poco a poco a través de los silencios, los gestos y en el llanto que acompaña la aparición de las mujeres que entran a escena. Rápidamente, una voz se impone por sobre las otras: es Bernarda, figura autoritaria y rígida que gobierna la casa en donde vive con sus cinco hijas Angustias, Magdalena, Amelia, Martirio y Adela. Junto a su madre María Josefa y Poncia, la criada que está por debajo de ellas en la escala social.
Con una mezcla de orgullo al respeto conseguido luego de imponer 8 años de duelo tras la muerte de su esposo, la viuda construye en su casa una fortaleza que la protege del miedo al qué dirán y de los prejuicios sociales. Allí desarrolla una obsesiva defensa del honor familiar, transformando lo que debería ser un hogar acogedor en una cárcel asfixiante para quienes habitan en ella.

Para sus hijas, quienes viven sometidas y confinadas a una rutina marcada por la obediencia y la resignación, la aparición invisible de Pepe el Romano (pretendiente de Angustias) despierta deseos, rivalidades y frustraciones acumuladas durante años que aparecen simbólicamente representadas a través de calor y las altas temperaturas con la que tienen que lidiar durante toda la obra.
En ese ambiente sofocante, lo que comienza como pequeños conflictos silenciosos dentro de la casa termina creciendo hasta romper el frágil equilibrio impuesto por Bernarda, conduciendo inevitablemente hacia una tragedia presagiada por las advertencias de Poncia y los desvaríos premonitorios de la abuela, quien, a través de su insistencia en escapar o casarse en la orilla del mar, revela ese deseo de libertad que sus nietas apenas se atreven a mencionar.
Desde lo técnico, las luces ámbar que cambian a tenues matices azules caen sobre el escenario para recrear el paso del tiempo en una atmósfera suspendida, pausada que contribuye a la sensación inevitable de que algo profundamente trágico está por suceder.

En esta versión, el director mantiene casi en su totalidad los diálogos originales de la obra, pero propone al público mirar el clásico con ojos actuales, cuestionando cuántas de estas dinámicas persisten en la sociedad contemporánea. Desde una construcción más humana, crea espacios de tensión en donde también aparecen destellos de humor y sarcasmo que lejos de ofrecer alivio, funciona como un síntoma del malestar; una risa nerviosa que surge de la ironía entre las hermanas y que solo logra acentuar la represión que domina la casa. Esa misma represión inspiró la versión original escrita por García Lorca hace noventa años, poco antes de ser asesinado por las fuerzas del bando sublevado en 1936, al inicio de la Guerra Civil Española.
Al poner el foco en el rol de las mujeres, la obra propone al espectador a pensar en cómo ciertas formas de control y represión siguen reproduciéndose hoy, con otros rostros, otros cuerpos y otras mentes en distintos espacios sociales.
Con actuaciones creíbles y profundamente logradas, la dirección de Rodrigo Pérez no busca modernizar el texto de manera forzada, sino acercarlo a nuestro cotidiano para evidenciar que las paredes de esa casa, a pesar de los años, aún no han terminado de caer. Al final, no somos simples testigos de una tragedia ajena; salimos del teatro con la inquietante sensación de que el yugo de Bernarda Alba sigue proyectando su sombra en las nuevas generaciones, incluso fuera del escenario.
FICHA ARTÍSTICA
Dirección: Rodrigo Pérez
Asistencia de Dirección: Catalina Rozas
Elenco: Claudia Di Girolamo, Francisca Márquez, Roxana Naranjo, Nicole Vial, Julieta Figueroa, María José Parga, Carla Casali, Marcela Millie
Diseño integral: César Erazo| Diseño afiche: César Erazo
Compositor musical: Guillermo Ugalde
Comunicaciones: Catarina Vásquez
Diseño gráfico TNCh: Alonso Morales
Equipo Técnico TNCh: Joaquín Riquelme, Hugo Hernández, Guillermo Cerón, Sebastián Chávez
Producción: Teatro Nacional Chileno