SOBRE EL AUTOR

Ignacio Riffo Pavón
- Ignacio Riffo Pavón#molongui-disabled-link
La tesis de Byung-Chul Han es su obra La Desaparición de los Rituales (2020) ofrece una lente crítica para comprender las transformaciones culturales de la modernidad tardía. Según Han, los rituales no son simples repeticiones vacías ni vestigios folclóricos de un pasado superado, sino estructuras simbólicas fundamentales que organizan la vida en común, generan sentido y estabilizan la experiencia del tiempo. Su progresiva erosión en las sociedades contemporáneas no es un fenómeno aislado, sino el resultado de una lógica más amplia marcada por la hiperindividualización, la aceleración y la primacía del rendimiento. En este contexto, el sujeto deja de habitar un mundo compartido de significados para convertirse en un proyecto individual, constantemente optimizado, evaluado y expuesto. La desaparición de los rituales implica, entonces, una pérdida de comunidad, de continuidad simbólica y de formas de reconocimiento mutuo.
La modernidad individualista, tal como la describe Han, se caracteriza por la fragmentación de los vínculos sociales y la disolución de los marcos colectivos que antes dotaban de coherencia a la vida. El individuo contemporáneo ya no se define en relación con una comunidad estable, sino a través de su capacidad de producir, rendir y diferenciarse. Las redes sociales, el trabajo flexible y la cultura del emprendimiento refuerzan esta lógica, promoviendo una identidad basada en la autoexposición y la competencia constante. En este escenario, los rituales resultan incómodos o incluso innecesarios, ya que implican repetición, demora y una cierta subordinación del yo a una forma compartida. La consecuencia es una sociedad desagregada, donde el otro deja de ser un co-participante en un orden simbólico común para convertirse en competidor, espectador o simple dato.

Frente a este diagnóstico, el fenómeno casteller, profundamente arraigado en la cultura catalana, puede ser interpretado como una forma contemporánea de resistencia simbólica. Los castells, torres humanas que se elevan mediante la cooperación de decenas o incluso cientos de personas, no son solo un espectáculo visual, sino un ritual en sentido pleno. Su práctica implica una serie de elementos que Han considera esenciales: repetición estructurada, corporalidad compartida, temporalidad cíclica y generación de comunidad. Cada actuación sigue una lógica precisa, donde los participantes ocupan roles definidos y coordinan sus movimientos en función de un objetivo común. La construcción de la torre no puede realizarse sin confianza mutua, disciplina colectiva y una profunda interdependencia.
En los castells, el cuerpo recupera una dimensión comunitaria que contrasta con su instrumentalización en la modernidad del rendimiento. No se trata de optimizar el cuerpo individual para maximizar su productividad o su visibilidad, sino de integrarlo en una estructura común donde cada posición es necesaria. La base sostiene, los niveles intermedios estabilizan y los más ligeros coronan la torre. Esta distribución no responde a jerarquías competitivas, sino a una lógica funcional y cooperativa. El éxito no pertenece a un individuo, sino al conjunto. De este modo, el casteller encarna una forma de subjetividad distinta, donde el yo se realiza en y a través del nosotros.
Además, los castells reinstauran una temporalidad ritual que se opone a la aceleración contemporánea. Su preparación requiere tiempo, ensayo y repetición. No hay inmediatez ni gratificación instantánea, sino un proceso que culmina en la actuación pública, muchas veces en el marco de festividades locales. Este carácter cíclico y comunitario permite generar una experiencia de continuidad que contrasta con la discontinuidad de la vida moderna, marcada por la novedad constante y la obsolescencia rápida. En términos de Han, el ritual “cierra” el tiempo, lo hace habitable, mientras que la lógica del rendimiento lo fragmenta y lo vacía de sentido.
Asimismo, el fenómeno casteller produce un espacio simbólico donde se reconstruyen vínculos sociales. Los participantes no solo comparten una actividad, sino también valores, emociones y una identidad colectiva. La práctica casteller implica pertenencia a una colla, un grupo que se organiza, entrena y actúa conjuntamente. Esta pertenencia no es abstracta ni virtual, sino encarnada y sostenida en la interacción directa. En un mundo donde las relaciones tienden a mediarse por pantallas y algoritmos, esta dimensión presencial adquiere un valor particular. El ritual casteller no solo reúne cuerpos, sino que genera un “nosotros” tangible, visible y experimentado.
Sin embargo, la relevancia del casteller no radica únicamente en su capacidad de preservar una tradición, sino en su potencial crítico frente a la modernidad individualista. Al reactivar formas rituales, pone en evidencia las carencias de una sociedad que ha privilegiado el yo en detrimento del nosotros. La práctica casteller muestra que la cooperación, la repetición y la pertenencia no son obstáculos para la libertad individual, sino condiciones para una vida con sentido. En este sentido, no se trata de idealizar el pasado ni de rechazar la modernidad en bloque, sino de señalar la necesidad de reequilibrar sus dinámicas.
A partir de la crítica de Han a la desaparición de los rituales, es posible distinguir en el fenómeno casteller un contraejemplo concreto, una práctica viva que demuestra que aún es posible generar comunidad en el presente. No obstante, esta posibilidad no está garantizada. El propio fenómeno casteller puede verse tensionado por las lógicas de espectacularización, turismo y mercantilización que atraviesan la cultura contemporánea. Existe el riesgo de que el ritual se convierta en un producto, perdiendo su dimensión simbólica y comunitaria. Por ello, su preservación no depende solo de su repetición, sino de la conciencia de su sentido.
En definitiva, la conexión entre la teoría de Han y el fenómeno casteller permite pensar críticamente la modernidad. Mientras la primera diagnostica una pérdida de rituales y de comunidad, el segundo ofrece una práctica que los reactiva y resignifica. En un mundo cada vez más individualizado y desagregado, los castells recuerdan que la vida humana no puede reducirse a la lógica del rendimiento ni a la autoafirmación aislada. La comunidad, el cuerpo compartido y el ritual siguen siendo dimensiones fundamentales para construir sentido. Así, lejos de ser una reliquia del pasado, el casteller se presenta como una forma contemporánea de resistencia simbólica, capaz de cuestionar y transformar las dinámicas de la modernidad.
Bibliografía:
Han, B. (2020). La desaparición de los rituales. Una topología del presente. Herder.