SOBRE EL AUTOR

Antonella Estévez
Periodista y gestora cultural.
“Blossoms Shanghai” Una de las experiencias audiovisuales más sofisticadas disponibles en plataforma y es al mismo tiempo una teleserie clásica en el sentido más tradicional del término. La primera serie dirigida por Wong Kar-wai es una obra que confirma tanto la vigencia de su imaginario visual como la profundidad de su relación con el melodrama.
Aunque la producción se exhiba hoy en Mubi – quizá la más prestigiosa de las plataformas audiovisuales-, lo que encontramos en “Blossoms Shanghai” es una estructura profundamente ligada a la tradición melodramática que en todo el mundo ha definido la teleserie: múltiples personajes, relaciones amorosas, rivalidades, ambiciones, secretos, personajes secundarios cómicos y una historia que se despliega con paciencia a lo largo de numerosos episodios.

Ambientada en el Shanghái de los años noventa, en pleno proceso de apertura económica y transformación urbana de China, la serie sigue la historia de Ah Bao, un hombre que asciende desde la precariedad hasta convertirse en un exitoso empresario. A través de sus relaciones personales, afectivas y comerciales, la serie retrata una ciudad en plena mutación, donde las promesas de prosperidad conviven con las tensiones propias de una sociedad que cambia a una velocidad vertiginosa. Aplausos aparte para los tres personajes femeninos que rodean al Señor Bao, cada una de ellas con su propia historia pero con la tenacidad de construir su propio destino más allá del vínculo con el protagonista.
Más que la historia de un individuo, Blossoms Shanghai termina construyendo el retrato de una época y de una ciudad que se reinventa a sí misma. Así como Hong Kong fue inseparable del cine de Wong Kar-wai, Blossoms Shanghai convierte a Shanghái – su ciudad de origen- en el escenario privilegiado para observar el surgimiento de una nueva época. Una ciudad que, al igual que sus personajes, intenta descubrir quién quiere ser en medio de una transformación acelerada.
No debería ser sorpresa que al ser invitado a desarrollar un proyecto para televisión Wong Kar-wai escoja dirigir una teleserie, que además él mismo escribió. Desde sus inicios este cineasta chino ha ligado su cine con la experiencia melodramática, pero desde una sofisticación lo que acerca a autores clásicos del género como Douglas Sirk y Max Ophüls. Durante décadas la crítica ha celebrado la sofisticación formal de películas como “Days of Being Wild”, “In the Mood for Love” o “2046”. Y con razón. Pocos cineastas han desarrollado una estética tan reconocible: luces de neón, reflejos, colores saturados, humo, música envolvente y personajes observados a través de puertas, ventanas y espejos. Un cine donde el deseo y la memoria parecen filtrarse en cada encuadre.

Sin embargo, detrás de esa sofisticación visual siempre habitó el melodrama. Los amores imposibles, las oportunidades perdidas, los encuentros tardíos, las obsesiones persistentes y las emociones contenidas constituyen el núcleo de gran parte de su filmografía. “Blossoms Shanghai” no abandona esos elementos. Por el contrario, los amplifica. El formato serial le permite desarrollar personajes, relaciones y conflictos con una amplitud que el largometraje difícilmente podría ofrecer. Lo notable es que su estilo visual no sólo sobrevive a esta expansión narrativa, sino que encuentra nuevas posibilidades expresivas.
La serie también invita a cuestionar ciertas jerarquías culturales que todavía persisten. Durante años el melodrama televisivo fue considerado un género menor frente al cine de autor, lo que sigue estando vigente ya que a la hora de hacer series para plataformas los grandes directores, en general, se presentan desarrollando “series de autor” o “antológicas”. Sin embargo, obras como “Blossoms Shanghai” recuerdan que las emociones, los vínculos y las historias populares pueden constituir espacios de enorme complejidad estética y narrativa.
Quizás por eso la serie resulta tan fascinante. No porque un gran autor haya descendido a un formato popular, sino porque pone en evidencia algo que muchas veces olvidamos: los límites entre la llamada alta cultura y la cultura popular son mucho más porosos de lo que solemos admitir. Y en ese cruce entre sofisticación visual y placer melodramático, Wong Kar-wai encuentra una de las obras más estimulantes de su carrera reciente y nos regala treinta capítulos de sensual disfrute.