SOBRE EL AUTOR

Diego Méndez
Diego Méndez es estudiante de Periodismo en UNIACC y Colaborador de Radio UNIACC.
Lo maravilloso de los leitmotiv del arte es su infinitud: generación tras generación de artistas han hablado sobre el amor, la muerte, el dolor, la alegría y otros temas de acuerdo a su propia visión de la vida, la cual se ha compuesto de sus propias experiencias y aprendizajes, lo que termina resultando en una infinitud de visiones artísticas alrededor de temas, en suma, inmortales.
¿Qué pasa cuando los artistas se acercan al tiempo? Este puede ser el tema mayor: el centro de todos los temas; el tema para destruirlos a todos. ¿Cuántas teorías alrededor del tiempo se han engendrado? ¿Cuántas se siguen engendrando? Es un apartado de la vida verdaderamente fascinante… e inabarcable.
Es por eso que, cuando escuché sobre Las tempestálidas, de Gueorgui Gospodínov, fui seducido por la trama inmediatamente.
La novela nos presenta a dos personajes: Gaustín y G.G. Lo curioso es que ambos son (y no son) el autor. El juego metaliterario se abre enseguida, con unas alas deslumbrantes, las cuales sobrevuelan el libro de forma envidiable. En fin, G.G conoce a Gaustín en una tertulia literaria y queda totalmente encandilado por su personalidad misteriosa y seductora: parece un hombre provenido de ningún tiempo; un cascarón que se ha rellenado progresivamente de las costumbres de distintas épocas. Ambos hacen muy buenas migas, y a partir de esto comienza a surgir una correspondencia enigmática y profunda. Hasta que un día G.G se decide a encontrar al que ahora podría llamar su amigo.

Es cuando lo logra que Las tempestálidas le muestra al lector el meollo del asunto y, por consiguiente, todas las posibilidades que Gospodínov intenta abarcar: Gaustín planea abrir un cronorrefugio para las personas con alzheimer. ¿Pero–se preguntan G.G y el lector–cómo podría este moderno Jay Gatsby conseguir esto? Pues: con una fortuna venida de quién sabe dónde, Gaustín compra un edificio en medio de un jardín precioso y, piso a piso, lo ambienta según las décadas.
G.G entra en este maravilloso plan como ayudante de Gaustín y… todo es maravillosamente triste. Mientras que el lector espera un desastre de proporciones bíblicas, en la novela todo parece desarrollarse de una forma muy bella: conocemos a los pacientes, sus historias y la tristeza que cargan por no poder recordar. En esta primera parte el autor me tenía totalmente cautivado (es más, a punto estuvo de sacarme una lagrimita).
Ahora bien, toda historia necesita un conflicto, y en Las tempestálidas llega con todo. Mientras el cronorrefugio va cobrando cada día más popularidad (al punto de tener que ampliar la sede principal y habilitar nuevas), la política europea comienza a posar sus ojos sobre este proyecto. Y todos podemos vaticinar lo que se avecina.

G.G se asusta y quiere cancelar el proyecto; Gaustín, sin embargo, parece estar disfrutando de forma macabra el escenario que se está armando ante sus ojos. G.G se va.
Podrás estar pensando que te estoy spoileando toda la novela, pero estos acontecimientos están concentrados apenas en las cien primeras páginas.
La segunda parte habla sobre la memoria de G.G en los distintos lugares por los que vaga. Premisa interesante, sin duda. Pero…
Gospodínov hace gala de un conocimiento bélico-histórico sobre Europa sobrecogedor. Jamás negaré eso: la manera de integrarlo a la novela es muy inteligente y soy el primero en admirarlo. También comprendo que la primera parte es un registro mucho más personal y la segunda, por el desarrollo de la trama que el autor previó, cambia a uno universal.
Sin embargo… me costó horrores terminar la segunda parte. Si te apasionan estos temas lo suficiente como para seguir una radiografía puntillosísima sobre la historia, probablemente te va a encantar. Por otro lado, si estabas disfrutando la primera parte de la novela y no te interesan para nada las razones de tal o cual guerra, es muy probable que incluso abandones el libro.
El último tramo repunta, dejando de lado estos temas y pasando a una especie de reescritura del Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa. Aquí, G.G es testigo y víctima de las repercusiones que causó la intromisión del sistema político europeo en los cronorrefugios. Esta parte es breve, pero sobrecogedora, con un final que no dejará indiferente a nadie.
En suma, Las tempestálidas es un libro maravilloso, pero difícil para ciertas personas. No es por un tema de lenguaje o estilo, sino por el cambio de registro que hay de una parte a otra, el cual, si bien responde a la lógica interna de la trama, puede echar atrás al lector. Aún así, es una novela que vale mucho la pena leer, con pasajes preciosos–y aterradores–que guardarás en tu mente durante mucho tiempo.
Quizá ahí radique la grandeza de Gospodínov: empieza preguntándose qué haríamos si pudiéramos regresar al tiempo que nos hizo felices y termina preguntándose qué ocurriría si una sociedad entera decidiera hacer exactamente lo mismo. Lo que comienza como un refugio para enfermos termina convirtiéndose en un refugio para pueblos enteros.